
OFICIO · 9 MAYO 2026 · 7 MIN DE LECTURA
Cómo subir a una palmera sin matarla.

Adrià Munné·Fundador, arborista certificado
Toda palmera, llegado el momento, se vuelve un problema técnico. Las hojas crecen, las inflorescencias caen, el peso se acumula en una corona inaccesible desde el suelo. Y empieza la pregunta: ¿cómo subimos?
Cualquiera que tenga una palmera grande en su finca lo sabe. Llega un momento en que el árbol se gestiona solo durante años, hasta que un día las hojas secas empiezan a colgar pesadas, las inflorescencias caen sobre el camino, los frutos ensucian la piscina, y el porte general pide una intervención. Casi siempre el cogollo está a más de diez metros, fuera del alcance de cualquier escalera doméstica.
Y entonces aparece la pregunta que cambia todo lo demás: ¿cómo subimos? Porque la palmera, a diferencia de un olivo o un pino, castiga las decisiones equivocadas durante el resto de su vida. Esta entrada explica las tres maneras de subir, qué deja cada una en el tronco y cómo elegir bien según la palmera que tenga delante.
La palmera no es un árbol
Botánicamente, una palmera no es un árbol como entendemos un olivo o un roble. Es una monocotiledónea arborescente. No tiene crecimiento secundario, no tiene cámbium vascular, no engruesa el tronco con anillos anuales, y, sobre todo, no cicatriza. Lo que en un dicotiledóneo es una herida que se compartimentaliza con tejido nuevo, en una palmera queda como un agujero permanente en la estructura.
Este hecho biológico, aparentemente menor, reescribe todas las decisiones de cuidado: cada corte de hoja, cada perforación del tronco, cada pinchazo de una espuela es una marca para siempre. La palmera no puede repararlas. Solo puede convivir con ellas hasta que la suma de heridas, o un patógeno que entre por alguna, acaba con ella.
Tres maneras de subir
En la práctica del arboricultor profesional hay tres técnicas de acceso a una palmera. Cada una resuelve el mismo problema (llegar al cogollo) de una manera muy distinta, y deja huellas muy distintas. Conviene conocerlas.
La bicicleta palmera
La bicicleta palmera es un par de estribos articulados con cinchas anchas y acolchadas que abrazan el tronco. El operario sube alternando peso de un lado al otro, deslizando cada cincha hacia arriba mientras descarga en la otra. El tronco recibe presión repartida sobre superficies amplias, sin penetración. Cero pinchazos, cero marca.
Es la técnica más respetuosa con el árbol, y la favorita para palmeras de altura media. El precio es tiempo: instalar y subir con bicicleta es más lento que subir con espuelas, y en palmeras muy altas exige una resistencia física considerable. En Washingtonia o Phoenix de menos de doce o quince metros, sin embargo, la diferencia de tiempo casi no se nota.
Eso sí: para que la bicicleta agarre, el tronco tiene que estar previamente pelado. Sobre vainas secas, las cinchas patinan y el ascenso deja de ser seguro. Por eso, antes de subir con esta técnica, comprobamos que la limpieza del tronco se haya hecho en alguna visita anterior.

La cuerda
La cuerda consiste en anclar una línea en la corona de la palmera y ascender por ella con bloqueadores mecánicos y pedales, en sistemas SRT (single rope) o DRT (doubled rope). Es la técnica estándar de la arboricultura moderna en árboles altos. En palmeras se usa menos porque anclar bien en una corona de palmera no es trivial: hay que confiar en los pecíolos de las hojas vivas o en una estructura artificial, y eso pide criterio.
Cuando el anclaje se resuelve bien, la cuerda permite trabajar en posiciones imposibles para la bicicleta, descender controlado, y reposicionarse sin volver a bajar. Pero tiene un techo práctico: por encima de doce o quince metros, montar un anclaje seguro en la corona se convierte en un reto enorme, y muchas veces simplemente no es viable. En el rango bajo y medio la cuerda brilla; más arriba, la bicicleta toma el relevo.

Las espuelas con pinchos
Las espuelas con pinchos, también llamadas gaffs o garras, son marcos metálicos atados a la pantorrilla y al pie, con púas de uno a tres centímetros que se clavan en el tronco a cada paso. Permiten subir muy rápido, sin instalación previa, casi sin material. Son el estándar para postes telefónicos, para árboles muertos que se van a talar y, en algunas regiones, también para árboles vivos.
El problema es lo que dejan detrás. Veinte pasos de subida y veinte de bajada son cuarenta agujeros en el tronco. Si hay cinco visitas en la vida de la palmera, son doscientos. En un árbol que no cicatriza, cada uno de esos agujeros se queda abierto, y juntos forman un patrón de heridas acumuladas que ningún tejido va a cerrar nunca.

El precio de las espuelas
El daño de las espuelas no se ve el día de la poda. Se ve a lo largo de años. Cada perforación es una puerta de entrada para los hongos del suelo y del aire: Thielaviopsis paradoxa, especies de Fusarium, podredumbres que van comiendo el tejido vascular desde dentro. Es también una invitación expresa para los dos insectos que matan palmeras en Mallorca, Paysandisia archon y Rhynchophorus ferrugineus: ambos ponen huevos en heridas frescas del tronco, y los pinchazos son heridas perfectamente formadas para ellos.
A largo plazo, una palmera subida varias veces con espuelas pierde vigor, se vuelve más vulnerable a las plagas, y muere antes. No es un efecto teórico. En zonas donde el uso de espuelas en palmeras vivas está normalizado, la esperanza de vida media de una Washingtonia o una Phoenix cae bruscamente respecto a poblaciones cuidadas con bicicleta o cuerda.
Por qué tantas palmeras acaban “cuteadas”
En palmeras muy altas, subir con bicicleta o con cuerda es lento, físicamente exigente y costoso por hora trabajada. El cliente quiere abaratar la visita, y el jardinero, con buena intención, propone una solución que suena razonable: podar de más. Dejar la palmera casi pelada, con solo unas pocas hojas centrales, para que tarde más tiempo en pedir la siguiente intervención.
Este corte excesivo, conocido en oficio como “cuteado” o poda en pluma, es una catástrofe fisiológica. La palmera pierde gran parte de su capacidad fotosintética, se estresa, debilita sus defensas y queda más vulnerable justo cuando más necesitaría estar fuerte para resistir a Paysandisia y a los hongos oportunistas. El cliente ahorra una visita y compromete la salud del árbol durante años. El círculo se cierra solo: el siguiente jardinero ve una palmera más débil, vuelve a usar espuelas porque “ya no merece la pena montar nada”, y la palmera muere antes de cumplir su segundo siglo.
Cómo elegir bien
Una regla útil para el propietario, sin ser arborista: si su palmera mide menos de diez metros, la bicicleta es directa y rápida, y no hay excusa para usar otra cosa. Entre diez y quince metros, bicicleta o cuerda siguen siendo opciones viables y razonables. Por encima de quince metros, la técnica empieza a pedir un especialista, y vale la pena pagar la hora de un buen arborista antes que ahorrársela y firmar la sentencia del árbol.
El valor de la palmera casi siempre justifica la decisión lenta. Una Phoenix dactylifera adulta o una Washingtonia robusta en una finca de Pollença puede tener cincuenta o cien años. Comprar otra del mismo porte no es posible, y plantar una y esperar a que crezca tampoco. Lo que se pierde no se compra.
En TerraLuxe subimos siempre con bicicleta o con cuerda. Nunca con espuelas en una palmera viva. Es más lento, y a veces el cliente lo nota en el presupuesto. Pero la palmera vive décadas más, y eso, en un jardín maduro de Mallorca, es la única medida que importa.

Adrià Munné
FUNDADOR · ARBORISTA CERTIFICADO
Catalán de familia, formado entre Mallorca y Zúrich. Arborista certificado, diseñador en permacultura. Escribe en este Diario sobre el oficio y las plantas que hacen el paisaje balear.
Cuidamos cada palmera como si fuera la única.
Nuestras visitas no se cobran por velocidad. Se cobran por hacer las cosas bien una vez para no tener que volver a hacerlas tres. Subimos con la técnica que la palmera necesita, no con la que es más cómoda para nosotros.
El oficio se mide a treinta años, no a una factura.